Y el silencio se me dió.

Ya llevo varios días haciendome la misma pregunta. ¿Si en realidad sirvo para esto? ¿Si alomejor es el lugar donde estoy parado el que no llena mis expectativas? ¿Si en una de esas no hago lo que me gusta porque despues de tanta agua que ha pasado bajo el puente me doy cuenta que no soy ni sirvo para ser Director de arte. La cabeza me explota poque pienso mucho. Las super sugerencias que me ladran al oído no son muy productivas y me terminan saturando hasta que llego a pensar que debo tomar el mighty mouse y enterrarselo en un ojo despues de obligarme a cambiar una tipografía y agrandar el logo mil veces cada 5 minutos. Llego al otro día convencido que soy rápido en sacar concepts y que me encanta conceptualizar, me apasiona crear propuestas publicitarias, me encanta crear y darle mil vueltas a un asunto que quizas no tenga pies ni cabeza. Me encanta dirigir una campaña, creo que no lo he hecho mal, me gusta sacarle el jugo a las ideas y mezclar conceptos para llegar a producir el jugo más rico y sabroso del trópico.

No, me acuesto y me lo repito: No sirvo para ser Director de Arte, me gusta, me atrae, pero al momento de ser una máquina sin pensar (como se me ha impuesto el último tiempo) me rompo en pedazos de cartón como sería en realidad un publicista que se dedica a ser de papel. Tengo dedos para el piano, lo he demostrado, soy rápido, he aprendido mucho, tengo buena mano y cada vez va mejorando, pero el tiempo me ha llevado a darme cuenta que no pertenezco a ese árbol, no soy el recolector de frutas, yo soy el sembrador. Me he preparado para crear las mejores frutas y vender los mejores jugos y eso me llena de orgullo, porque cuando tengo la chance de pasar de recolector de fruta a sembrador, el sombrero de paja y la pala me queda mejor.

Una noche de cantos y botellas grité al cielo una pregunta:

- ¿Que canción prefieres? El lugar calló como nunca, ya no se escuchaban ni las hojas azotadas por el viento de otoño ni las luciérnagas. Todo era inmenso, me di cuenta tarde que mi misión no era pertenecer a un determinado grupo. Se me había dado la inmensidad del silencio.